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Las madres no están solas cuando están solas


Convertirse en madre lo cambia todo. Hay mucho que no te dicen cuando firmas los papeles de salida del hospital. Claro que te preparan para cosas como la alimentación, cambiar un pañal y diversos asuntos de higiene. Pero lo que no te dicen es cuán exhausta puedes llegar a sentirte en esos primeros días, o cuánta incertidumbre puedes llegar a sentir en cuanto a tus habilidades como madre, o cuán sola te puedes sentir cuando tu día a día de repente se siente como la película Groundhog Day: lo mismo una y otra vez.
La maternidad es la experiencia más estimulante. Pero es también extremadamente aislante. Puedes transformarte rápidamente de una mariposa social a una hogareña que tiene tres días sin cambiarse la ropa. Todo el mundo entiende que sí, la maternidad les cambia. Pero nadie está preparado para el cómola maternidad les cambia.

Propósito de la soledad

Es difícil ver un plan para nuestras circunstancias cuando éstas están empañadas por rabietas, vómitos u otras realidades de la maternidad en este mundo. Pero esto no niega que una mano soberana lo guía todo. Durante los días consumidores de comenzar a ser madres podemos pensar que la soledad que sentimos es solo el adorno de un amargo pastel. Elisabeth Elliot dijo lo siguiente sobre nuestra soledad: “La soledad es una clase de “muerte” que la mayoría de nosotros aprenderemos tarde o temprano. Lejos de ser malo para nosotros, o un obstáculo para nuestro crecimiento espiritual, puede ser el medio para desarrollar “flores” espirituales. La regla para la belleza de toda rosa silvestre es el cumplimiento de un constante morir y vivir otra vez… En la economía de Dios, si Él está haciendo una flor o un alma humana, nada nunca llega a nada. Las pérdidas son la forma de lograr los beneficios”. Como muchas otras cosas difíciles que enfrentamos en la vida cristiana, la soledad es parte del plan amoroso de Dios de hacer que todas las cosas cooperen para bien (Romanos 8:28). Por tanto, los días donde el único ser humano con el que puedas conversar te hable dos palabras o en balbuceo no es una pérdida para Dios ni para ti. Es una preparación para un peso de gloria que no tiene comparación (2 Corintios 4:17). Ese diario morir a nosotras mismas no es exclusivo para la maternidad. Como cristianos, estamos llamados a morir a nuestra propia gloria y deseos de forma regular. La solitaria y dolorosa muerte del Hijo de Dios aseguró nuestra vida. Así que cada pequeña muerte de nuestros propios deseos en nuestro viaje de la maternidad nos permite ser partícipes del sufrimiento de Cristo (1 Pedro 4:13). Nuestra muerte a la interacción social y la variedad en nuestros días significa vida para nuestros hijos. Y esto nunca es en vano.                                   

Esperanza para la soledad

En teoría suena noble decir que estamos muriendo cada día por nuestros hijos. Pero esto no se siente tan maravilloso cuando ellos claman por nosotras aún antes de que salga el sol. O cuando tenemos que perdernos otro domingo de iglesia porque nuestro hijo está enfermo o nos necesita en el cuidado de niños. En esos momentos no nos suele importar que la soledad signifique vida para nuestro hijo. Solo queremos hablar con nuestros amigos para tener algo diferente. Afortunadamente, podemos contar con más que nuestros débiles esfuerzos para soportar tanta soledad. Cristo estuvo solo para que nosotros nunca tuviéramos que estar solos. Y aseguró  que aun cuando respondamos pecaminosamente en nuestra soledad, Él nos dará la gracia para arrepentirnos y responder mejor la próxima vez. Aun en los días de más aislamiento, donde todo lo que hagas sea alimentar, limpiar y sostener a tu bebé de quién no estás segura si sabe siquiera que estás ahí, tú no estás sola. La soledad que sientes puede ser consumida por la gran realidad de que Cristo nunca se aparta de tu lado. Él es nuestro consuelo cuando estamos derramando tantas lágrimas como nuestro bebé con cólicos. Él es nuestra fuerza cuando sentimos que no podremos salir de la cama una vez más para otra alimentación a media noche. Él nos sostiene cuando colapsamos en el sofá después de otro largo día de cuidar a nuestros pequeños. Y Él es nuestra justicia cuando le fallamos a nuestros niños en momentos de falta de sueño o frustración. He aprendido, en tan solo unos cortos meses de maternidad, que no puedo engañar a nadie pensando que lo tengo todo bajo control. También aprendí que incluso en mi agotamiento, a veces en el estado de soledad de la nueva etapa de maternidad, soy sostenida por las manos amorosas de mi Padre celestial. Él ha ordenado esos largos días por mi bien y para un gozo mayor. Sí, la maternidad es un trabajo difícil. Es un trabajo de soledad. Es un trabajo que no siempre produce resultados conforme a todo lo que se invierte. Pero, es un trabajo como el de Cristo. Cada día morimos a nosotras mismas, ya sea por falta de sueño, tiempo, o interacción social, estamos tomando forma de siervo en Cristo (Filipenses 2:7). Y eso es precioso para Dios. Los hijos son un precioso regalo. No hay nada más maravilloso que ver la vida que Dios creó dentro de ti (o dentro de alguien más). Los largos días que invertimos con nuestros hijos en la maternidad tienen un significado eterno, que en un futuro, si Dios quiere, cosecharán recompensas. Mientras tanto, trabajamos. Y Esperamos. Y clamamos al único que verdaderamente entiende lo que es rendir su vida por los suyos.   
Fuente: https://www.thegospelcoalition.org/coalicion/article/las-madres-no-estan-solas/ 
Publicado originalmente 26 de septiembre para The Gospel Coalition. Traducido por Patricia de Namnún.
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